Jorge Fontevecchia analiza la similitudes de Trump y Milei y compara la relación del periodismo en ambos países.

Por Jorge Fontevecchia

Más allá de las diferencias económicas, a veces en las antípodas, las similitudes entre Donald Trump y Javier Milei, sumadas al mutuo reconocimiento que se profesan, habilita a comparar la relación del periodismo en ambos países con ellos.

El miércoles pasado, el diario The New York Times publicó un nuevo endorsement (aproabción) contra Donald Trump escrito por su Comité Editorial y titulado: “Trump domina el Partido Republicano, y eso afecta a todos los estadounidenses”. El texto sostiene: “Es una tragedia para el Partido Republicano y para el país al que pretende servir”.

“El Partido Republicano está renunciando a todas sus responsabilidades y, en su lugar, se ha convertido en una organización cuyo objetivo es la elección de una persona a expensas de cualquier otra cosa, incluida la integridad, los principios, la política y el patriotismo”.

“Como individuo, Trump ha demostrado un desdén por la Constitución y el Estado de derecho que hace que no sea apto para ocupar la presidencia”.

“Un partido sin disenso ni debate interno, que solo existe para servir a la voluntad de un hombre, es también un partido incapaz de gobernar”.

Perfil publicó su endorsement electoral dos veces en 2023, en la primera vuelta de octubre: “Endorsement de Perfil a la democracia” y en el balotaje de noviembre: “No vote a Milei”. En líneas generales, los argumentos de nuestro endorsement son similares a los del New York Times, que califica el triunfo de Trump como “tragedia” y al propio Trump como alguien “no apto para ocupar la presidencia”.

También vale la comparación entre Milei y Bolsonaro, cuyo hijo se abrazó a Trump junto a Milei en la reciente convención conservadora norteamericana. Paralelamente, yo estaba la semana pasada en San Pablo reunido con los principales medios brasileños: Globo, O Estado de São Paulo, CNN Brasil, TV Cultura, Red Bandeirantes, además de Perfil Brasil, y pude revivir la misma tragedia de polarización en los medios que desgraciadamente acompañó a Bolsonaro. Como muestra vale el diferente cálculo sobre la cantidad de asistentes a la marcha de apoyo a Bolsonaro de hace dos semanas: los medios afines dijeron que fueron 600 mil personas mientras la Universidad de San Pablo y medios independientes, 180 mil.

Afortunadamente, a diferencia de Estados Unidos, Brasil parece estar a salvo de la tragedia de que su expresidente vuelva a ser elegido presidente porque la Justicia lo inhabilitó para ejercer cargos públicos a causa de los mismos hechos por los que Trump logra eludir una condena: la toma del Congreso de cada país por fanáticos que descreían de la derrota electoral de su candidato.

Y desafortunadamente para nosotros, los grandes medios brasileños no fueron pro-Bolsonaro como aquí pro-Milei, sino muy críticos, a pesar de que coincidieron con las políticas económicas de quien fuera ministro de Economía de Brasil, Paulo Guedes, “el último Chicago boy”, fundador del tercer mayor banco de Brasil, el BTG Pactual, con quien tuve también la posibilidad de dialogar. Ojalá Argentina tuviera un ministro de Economía autónomo como Guedes en lugar de Caputo, lo que fue posible en Brasil porque Bolsonaro asume que no sabe nada de economía y entregó –literalmente– esa área del gobierno a un verdadero experto, sumado a que el Poder Legislativo en Brasil tiene capacidad de moderar cualquier política del Poder Ejecutivo y por eso nuestro vecino no se va de una punta a la otra en cada cambio de gobierno.

En Argentina, como sucedió con las tantas dictaduras militares en el pasado, el rencor de clase que generó el peronismo en sus antagonistas hizo que se terminara apoyando a cualquiera con tal de que se instrumentaran las políticas económicas con las que se coincidía. Fenómeno que al atravesar a sus audiencias arrastró la línea editorial de muchos medios. La existencia histórica del peronismo hizo singular, y a veces hasta incomprensible para nuestros vecinos, el ecosistema política-economía-medios argentino. La corresponsal en Buenos Aires del diario Folha de São Paulo, Silvia Colombo, escribió una columna titulada “Los medios argentinos se inclinan ante Javier Milei”, donde dice:

“El director de la prestigiosa publicación estadounidense Americas Quarterly, Brian Winter, escribió en su cuenta de la plataforma X: ‘Me resulta difícil seguir los acontecimientos en Argentina. Hay tantos periodistas argentinos realmente extraordinarios, pero el estilo ha cambiado’”.

“Lo que ha resultado un tanto bochornoso, sin embargo, es el comportamiento de los grandes conglomerados mediáticos, que en estos dos meses de gestión pasaron de ‘normalizar’ a Milei a exaltar descaradamente al presidente”.

“La semana pasada, Milei fue entrevistado nuevamente por los mismos periodistas de televisión que siempre lo entrevistan. Tres aduladores que no hicieron ni una sola pregunta complicada. A lo largo de la semana, en sus respectivos programas, todos reprodujeron lo dicho por el presidente y reforzaron su visión y frases. (La nota completa en este enlace).

La autocrítica sobre cerrar los ojos frente a los defectos del agente que instrumenta ideas con las que simpatizamos –la doble vara– vale también para algunos economistas tan constructores de subjetividad como para los periodistas. El Premio Nobel de Economía Paul Krugman calificó las ideas de Trump como “fantasías distópicas” en su última columna también en el New York Times. Lo mismo se podría decir de Milei.

La neodecadencia argentina debilitó los mecanismos de defensa de todos los agentes, incluidos los medios de comunicación, frente a la misma tragedia. Los medios en Estados Unidos y Brasil se defienden mejor ante el mismo flagelo de la polarización política y el ascenso de la ultraderecha. Está en nosotros mejorar para ayudar a prosperar a la sociedad a la que servimos.

Encuadre que limita qué ver del mundo.

Milei quiere disciplinar a periodistas

Lo que dijo Nicolás Massot durante el debate en Diputados de la llamada ley Ómnibus: “Si lo mismo hubiera sido hecho por el kirchnerismo, hubiéramos puesto el grito en el cielo, digámoslo con todas las letras”, vale para nosotros los periodistas y los medios. Si los ataques a periodistas que realiza Javier Milei hubieran sido hechos por el kirchnerismo, los medios en los que trabajan esos periodistas hubieran puesto el grito en el cielo.

Llama la atención la tolerancia y casi silenciosa aceptación de los medios tradicionales, y con mayor capacidad de resiliencia, a las humillaciones que Javier Milei somete a sus periodistas.

No pocas veces se mencionaron las similitudes del estilo decisionista y hasta autoritario de Javier Milei con Néstor Kichner; con el periodismo y los medios sucede lo mismo. Milei amedrenta, insulta, falta el respeto, calumnia y humilla (“los meo”) a los periodistas con el objetivo de disciplinarlos en la autocensura como forma de sobrevivencia.

Pero la comparación podría ser injusta para con Néstor Kirchner porque el expresidente, en su mandato previo a la crisis con el campo, por lo menos trataba bien a los medios afines mientras que Javier Milei vilipendia a los periodistas de los mismos medios que lo apoyan “descaradamente”, según la corresponsal en Buenos Aires del diario brasileño Folha de São Paulo en su columna citada en esta de ayer.

Por qué no reaccionan los propios medios es un tema de debate. Adepa, Fopea, la Academia Nacional de Periodismo sí lo hicieron, pero ya dudan de sacar un nuevo comunicado quejándose de la desconsideración del Presidente con los periodistas porque la repetición sistemática termina naturalizado como ordinario lo que debiera ser extraordinario.

Ese es el gran peligro, normalizar lo anormal. Hay dos explicaciones que las ciencias sociales dan a las prácticas que utiliza Javier Milei. La primera es la Ventana de Overton y la segunda, la Ametralladora de Falacias.

La Ventana de Overton (Joseph P. Overton) es una teoría política que “describe el rango de ideas o políticas que son consideradas socialmente aceptables en un momento y lugar específicos”.

“Piensa el conjunto de las opiniones en una sociedad en un rango que va desde lo impensable hasta lo popular, y solo unas pocas de todas ellas son consideradas políticamente viables o aceptables para la población”.

“Las ideas que están fuera de esta ventana son percibidas como radicales o extremas y, por lo tanto, tienen menos posibilidades de ser adoptadas o respaldadas por la sociedad”.

“Pero el movimiento o la ampliación de los temas que pasan a estar dentro de lo aceptable es una estrategia para influir en la opinión pública, dar forma al debate político en una dirección favorable y/o instalar la agenda”.

“De este modo, se normalizan ideas, propuestas o palabras que antes eran tabú, y ayuda a la reconfiguración de un nuevo centro, más extremo que el original”.

Javier Milei corre la Ventana de Overton a la derecha haciendo lo impensable radical y lo radical, aceptable. Para ello aplica otra técnica: la Ametralladora de Falacias también llamada Gish gallop (galope de Gish), que “es una técnica de debate que consiste en abrumar al otro con el mayor número de argumentos posible, sin tener en cuenta la exactitud o solidez de los mismos”.

“Su nombre viene del bioquímico Duane Gish, un reconocido y aguerrido defensor del creacionismo que, en debates sobre la evolución humana, solía presentar rápidamente una enorme cantidad de datos, argumentos y afirmaciones”.

“Con esta estrategia, Gish abrumaba a sus oponentes, que eran incapaces de reaccionar y refutar los argumentos que había presentado. De esta forma, lograba generar una percepción de debilidad de la teoría evolutiva”.

“La cuestión de fondo, y lo que hace que la técnica sea tremendamente efectiva, es que es más fácil y mucho más rápido difundir medias verdades que refutarlas, que exige más tiempo y energía”.

Se conecta con la ley de Brandolini, “también conocida como el principio de asimetría de la estupidez (…)que enfatiza la dificultad de desacreditar información falsa, cómica o engañosa: la cantidad de energía necesaria para refutar bullshit (falsedades, estupideces) es un orden de magnitud mayor que la necesaria para producirlo”.

“Es una técnica bastante extendida en política norteamericana, la usaron Mitt Romney y Donald Trump. En España, en la última campaña, la utilizó Alberto Núñez Feijóo”.

Eso es lo que hace Javier Milei, qué hacemos nosotros los periodistas es la cuestión. ¿Aceptamos lo impensable como aceptable por efecto de la repetición ametrallante? A diferencia de la opinión pública, que recibe pasivamente las informaciones dadas, los periodistas y los medios en su conjunto como integrantes del sistema de formación de subjetividad de la sociedad tenemos la posibilidad de resistirnos al encuadre que desde cualquier gobierna se aspire a instalar como un relato; de la misma forma que lo hicimos con el kirchnerismo –con la misma vara–, hay que realizarlo con todos los gobiernos autoritarios.

En las reuniones que tuve en Brasil la semana pasada, el director del principal diario de San Pablo me decía que un colega suyo de Argentina justificaba el apoyo a Milei diciendo que en el balotaje era “un hijo de puta y un loco, que como el hijo de puta no cambia prefieren al loco con la esperanza de que con un buen psiquiatra se lo encamine”.

 En el otro extremo del campo ideológico, Juan Moteverde, el candidato de izquierda que sorprendió al casi ganar la intendencia de Rosario, citó la bella frase de Sartre en un tuit diciendo: “Solo en la acción hay esperanza”. Aquellos que prefirieron “al loco” y tienen capacidad de influir en la construcción del sentido común de época tienen la doble obligación de actuar –metafóricamente– como psiquiatras del loco ayudando con la crítica a recorrer el camino de la cordura.

Un presidente que elige Balada para un loco, romantizando el desvarío, requiere más que ninguno un periodismo que no se deje “secuestrar el estado de ánimo” ni se amedrente frente a las falacias de “ensobrados”, “viven de la pauta” (igual que Néstor Kirchner), “operadores”, “defensores de privilegios”, “pobre ser amarrado a la lógica de la vieja política putrefacta”, “que no la ve ni cuadrada”.

Milei quiere disciplinar a periodistas. No lo va a lograr.

Fuente: Jorge Fontevecchia – Análisis Digital